«Y si…», expresión que yo transformo en terapia como fuente de frustración y angustia.

A veces nos metemos en ese bucle en el que creemos valorar de una manera sana y objetiva las posibles alternativas ante una situación, pero no es cierto. Siempre que nos contestamos a un «y si…» baja la ansiedad, pero sólo a corto plazo, a medio y largo plazo la incertidumbre cada vez es mayor, el bloqueo para tomar decisiones ocupa todo nuestro cuerpo y nos sentimos totalmente frustrados. Miedo a tomar decisiones.

Pero… ¿Y si me equivoco? Buena pregunta. Sin embargo, hay una mejor respuesta: ¡Nada! No pasa nada.
Aunque… siendo honestos, en el momento de sopesar si “pasa o no pasa” e incluso “lo que pueda pasar o dejar de pasar”… ¿verdad que temblamos? Pues… ¡bienvenidos al club! porque no creo que haya ninguna persona en el planeta que no haya experimentado esa sensación en algún momento de su vida.

Es más, yo diría que, de entrada, eso es lo normal y que lo raro sería justamente lo contrario. Es decir, que no albergásemos ningún tipo de duda o que la propia situación no hubiese generado en nosotros ningún tipo de malestar, intranquilidad o inquietud, ante la decisión que estuviésemos a punto de tomar. No olvidemos que, ante todo somos personas y no máquinas, aunque haya ocasiones en las que nos encantaría serlo por aquello de no vernos afectados.

Por otra parte, si la decisión en cuestión no provocase en nosotros ni el más mínimo atisbo de temor o nos mantuviese impasibles, seguramente entonces, nuestra reacción, además de resultar significativa, se revelaría como digno indicador de que la importancia del asunto en sí mismo es ‘cero/nula’ y lamentablemente, ahí mismo, lo que sí tendríamos por nuestra parte serían motivos más que suficientes como para ‘poner en entredicho’ el valor real de aquello que nos preocupe.

Con todo ésto lo que quiero decir es que hay algo que no debemos perder de vista y es el hecho de que, por mucho que intentemos evitarlo o (que pretendamos) alargarlo en el tiempo con el fin de que se solucione solo, lo cierto es que ‘esta actuación’ no va a ayudarnos en absoluto, máxime cuando la realidad nos demuestra una y otra vez que, a la hora de tomar decisiones, sin saber muy bien cómo casi siempre existe alguna causa o encontramos alguna razón que justifique nuestra falta de decisión o, simplemente, nuestro  retraso o tardanza en la misma. Qué puede decirse aquí salvo que… casi nunca vamos a contar con el momento idóneo para ello y mucho menos si las consecuencias suponen que no solamente seamos nosotros quienes nos veamos afectados.

Y, por si todavía no nos ha quedado del todo bien definido, voy a intentar ayudar siendo un poquito más precisa: la asunción de responsabilidades conlleva ‘tomar las riendas’ y asumir el control.

Aún con todo, si no nos arriesgamos, si no probamos y, más todavía, si no nos damos la oportunidad, nunca lo sabremos; y eso, solo podremos descubrirlo de una manera: arriesgándonos, atreviéndonos y asumiendo el reto de desafiar, incluso, a nuestros propios miedos y temores, con todo lo que ésto mismo pueda entrañar.

 

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